
Hay textos, libros, anécdotas, historias, que realmente seria un pecado no compartir. Mis libros favoritos: Corazón, de Edmundo de Amicis y El Principito, de Antoine de Saint Exupery. Son geniales, en todo el sentido de la palabra genialidad. Refiriéndome al primero, en el se encuentran historias escritas desde el alma, pero hay una que llega muy hondo, y es la de "Los muchachos ciegos". Es una historia bastante larga, pero les dejo con la parte final, que, personalmente, es la que más me impacta. . .
(...)" A veces, se encuentra a unos cuantos muchachos sentados frente a una ventana, abierta de par en par, gozando de la frescura del aire, inmóviles, como si miraran la inmensa llanura verde y las hermosas montañas azules, que vosotros contempláis..; pero al pensar que no verán jamás nada de toda aquella belleza, se os oprime el alma como si en aquel momento se hubieran quedado ciegos. Y todavía los ciegos de nacimiento, que jamás han visto el mundo, no echan de menos nada, porque no tienen imagen alguna de las cosas, y dan menos compasión. Pero hay muchachos que han quedado ciegos hace poco tiempo, que lo recuerdan aún todo, que se dan perfecta cuenta de todo lo que han perdido, y éstos sienten más a lo vivo el dolor de ver como su mente se oscurece un poco más cada día y se borran de ella las imágenes más queridas, cómo van muriendo en su memoria los seres más adorados. Uno de estos muchachos me decía con una tristeza indecible "Desearía recobrar la vista siquiera por un momento, para volver a ver la cara de mi madre, que no puedo ya recordar". Y cuando las madres van a verlos, les ponen las manos en la cara, las tocan toda, desde la frente a la barbilla y las orejas, para poder sentir cómo es, y les parece imposible no poder verla, y las llaman muchas veces por el nombre, como para suplicarles que se dejen ver por una vez siquiera. ¡ Cuántos salen de allí llorando, incluso hombre recios! Y cuando se sale nos parece que la nuestra es una excepción, un privilegio inmerecido el ver la gente, las casas, el cielo. Estoy seguro que no habría ninguno de vosotros que, al salir de allí no estuviera dispuesto a privarse de un poco de vista, para dar siquiera un poco de resplandor a aquellos pobres muchachos, para los cuales el sol carece de luz, y la madre, de rostro. "
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